¿Puede la cosmética ser genderless?

Siendo honestos, la cosmética nunca debió estar enfocada a uno u otro sexo, salvo ciertas parcelas muy concretas. La cosmética, como la piel, es una cuestión sin género, más vinculada a la persona, a su organismo, metabolismo y tipo de piel, que a ninguna cuestión relacionada con declarar un género u otro. Pero hay excepciones, claro está.

Si la cosmética se dividió por sexo en sus inicios comerciales fue por una mera cuestión cultural que el marketing recogió para vender estos productos cosméticos de la mejor forma posible. Pero para explicar todo esto, tenemos que remontarnos un poco en el tiempo y diferenciar el hecho de utilizar cosméticos para mejorar el estado de nuestra piel y nuestro aspecto, del hecho de comercializarlos. El surgimiento del mercado cosmético, allá en los albores del siglo XX, supone la creación de esta división entre lo femenino y lo masculino.

La cosmética como tal existe desde hace, al menos, 7.000 años. Es decir, tenemos registros históricos o arqueológicos de productos cosméticos, productos utilizados para cuidar o realzar el aspecto externo del ser humano, desde 5.000 años antes de Cristo. Más o menos cuando se considera que dio comienzo la civilización. Es decir, que la cosmética es tan antigua como el hecho de agruparnos en sociedades complejas. Lo que no deja de tener cierto sentido, porque fue entonces cuando el ser humano comenzó a trabajar la agricultura, fundar ciudades y elevar su nivel de vida y capacidad de supervivencia. El primer momento en la historia en el que el ser humano pudo empezar a preocuparse por otros asuntos que no fueran el de comer y sobrevivir; al menos, para unos pocos privilegiados.

Cosmética genderless -crema

Una breve historia de la cosmética

De Sumeria a Roma, pasando por el antiguo Egipto, la civilización del valle del Indo, la China antigua, la Grecia clásica y los grandes imperios persas, todas las grandes civilizaciones desarrollaron un gusto por la cosmética, utilizando, además, numerosos productos que siguen muy presentes hoy en día en infinidad de productos, como pueden ser la miel, los extractos de frutas, arcillas, genas, todo tipo de hierbas o el mismo huevo, fuente de única de proteínas, por nombrar solo alguno de ellos.

Quien ha viajado por el norte de África u Oriente Medio, por ejemplo, habrá visto todavía cómo se utiliza el famoso khol para el contorno de ojos, un producto que lleva usándose desde hace milenios. Algo que también ocurre con el aloe, por ejemplo, cuyo uso como planta medicinal y cosmética está documentado, al menos, desde el primer milenio antes de Cristo.

En todas estas civilizaciones existe ya una diferenciación de criterios estéticos entre los sexos, pero el hecho de que la mujer usara unos cosméticos y el hombre otros, no respondía a una cuestión “científica”, es decir, a que uno tuviera una piel y la mujer otra distinta, sino a cuestiones de moda, concepciones culturales sobre el hombre y la mujer. Y no parece que existiera una cuestión de tabú porque el hombre utilizara más o menos cosméticos que la mujer. Es más, en algunas de estas civilizaciones, como puede ser el caso de los griegos antiguos, aunque poco dados al lucimiento exterior, podemos decir que, dada su admiración por la belleza masculina, su visión de la cosmética era mucho más masculina que femenina, por parcos que en ocasiones pudieran mostrarse con esta.

Durante la edad media se produce un cambio en la concepción del hombre y la mujer, ahondando más en ciertas diferencias físicas, convirtiendo al hombre más en ese ser feral, hosco y bruto, casi animal, que más que darse al cuidado personal y la higiene, debía gastar su tiempo en batallar, beber y comer como un oso. Aunque eso no quita para que, durante esta Edad Media, se siguieran desarrollando nuevas formas de cosmética, muy influenciadas por los viejos conocimientos clásicos y el surgimiento de la práctica alquímica, esa vieja química que, a su manera, indagaba en las virtudes de elementos, plantas y compuestos de la naturaleza.

No es, sin embargo, hasta el Renacimiento, que se recuperan gran parte de las viejas artes y conceptos, volviéndose a esa admiración por la belleza masculina, además de la femenina, y cambiando la visión medieval del hombre por una más acorde con lo que creían y preconizaban los antiguos griegos, y romanos en menor medida. El hombre renacentista es un hombre distinto, menos bruto, menos salvaje, mucho más cultivado, sin perder ese punto de masculinidad algo animal, pero dándose a formas de comportamiento, conocimiento y belleza que hubieran sido impensables durante los siglos anteriores. Así, mientras el cultivo de la belleza femenina podía haber cambiado, pero nunca perderse, durante el Renacimiento podemos decir que se iguala esta belleza femenina con el concepto de belleza masculina, que esta se feminiza, dando lugar a una explosión en lo que a la cosmética se refiere. Si en algún momento hubo cosmética genderless, fue a partir de esta época tan fulgurante y fructífera para el conocimiento, el arte y la ciencia humana.

En siglos posteriores, estos conceptos progresan y cristalizan en la época conocida como la Ilustración, donde la belleza y la moda se exaltan de manera nunca antes vista, salvo quizá en ciertas civilizaciones antiguas, rompiendo además con esa línea que separaba a los géneros en cuanto al uso de cosméticos se refiere. De esa época son esas imágenes de hombres y mujeres con grandes pelucas empolvadas, vestidos pomposos y rostros maquillados hasta aparecer completamente blancos. Esta sobrecarga en lo estético también se observa en otros ámbitos de la vida, como la moda o la arquitectura, ocupando esa parcela de la cultura humana que conocemos como Barroco.

Con la llegada de la modernidad, la revolución industrial, etc., toda esta pasión por lo estético, tanto en la persona como en lo arquitectónico y social, se va perdiendo, dando paso a otras pasiones, más vinculadas a lo económico práctico, y volviendo a alejar los sexos en la sociedad, y en su concepción y uso de la cosmética. La diferencia en pocas décadas entre la Inglaterra de la ilustración y la Inglaterra de la Revolución Industrial es abismal y demuestra cuánto ha variado nuestra sociedad y nuestra concepción de la belleza a través de los siglos.

La revolución cosmética del siglo XX

No es hasta el siglo XX que en realidad podemos hablar de un mercado cosmético como tal. No es que no se hubieran vendido cosméticos antes, es que nunca se habían vendido como se haría desde principios de siglo XX, sobre todo con el surgimiento de los grandes nombres de la cosmética moderna: Eugène Schuller (fundador de L’Oréal), Helen Rubinstein, Elizabeth Arden (enconada enemiga de la anterior), Coco Channel o Maurice Levy, el inventor del pintalabios, tal y como lo conocemos hoy en día.

Todos estos nombres, además de muchos otros que fueron surgiendo desde la primera mitad del siglo XX, hasta el día de hoy, ayudaron a convertir la cosmética en un mercado millonario, una cuestión social de máxima importancia y una fuente de, por qué no decirlo, importantes avances científicos.

Pero es también en este momento cuando la cosmética se define y se convierte en una cuestión totalmente de género. Es más, salvo que hablemos de perfumes o, en menor medida, tintes para el cabello, la cosmética masculina ha sido un asunto inexistente o residual hasta bien entrado el siglo XX.

Cuando Eugène Schuller desarrolló su primer tinte capilar, L’Auréale (de aquí surgiría el nombre de su empresa L’Oréal) y lo comenzó a distribuirlo, vendiéndolo con su carretilla de puerta a puerta, solo pensaba en las mujeres. Cuando Maurice Levy revolucionó el color de labios con su nuevo y revolucionario tubo de metal, solo estaba pensando en las mujeres. Y lo mismo se puede decir del Channel número 5, o cualquiera de los productos fundacionales de las casas fundadas por Rubinstein y Arden. La cosmética masculina, salvo por cuatro productos, tintes, ciertos perfumes, aceites y cremas de afeitado, era algo imposible y bastante tabú. E incluso estos productos más aceptados por la sociedad, no se vendían de la misma forma que los femeninos, no se marqueteaban y promocionaban como productos de belleza propiamente dichos, era una cuestión mucho más velada, que había que tratar con cuidado para no herir el, por entonces, inflamado y adorado ego masculino.

A partir del nacimiento y explosión de las grandes casas cosméticas, el mercado explotó en poco tiempo, convirtiéndose en unos de los que más dinero mueve en el mundo, expandiéndose de todas las formas y en todos los formatos posibles. Hoy, la cosmética, o la belleza —nombre más del gusto de la gente que trabaja en el sector—, se presenta en millones de productos, miles de marcas, establecimientos, tratamientos, tendencias y rutinas diferentes, haciendo que se haya convertido, para bien o para mal, en una de las piedras angulares de la vida de mucha gente y, por tanto, de nuestra sociedad de consumo.

Y es que se trata de un mercado muy resistente, y resiliente, uno que se ha visto muy poco afectado, en comparación con otros, por crisis económicas o incluso periodos de guerra, lo que demuestra lo básico que son ciertos temas para una gran parte de la población. Y es que, quien más quien menos, casi todos usamos algún producto cosmético, por insignificante, prosaico o barato que este sea.

El género en la cosmética: ¿ciencia o cultura?

Ya hemos respondido a esta pregunta al inicio de este artículo, pero nos la volvemos a hacer para profundizar en ella y darle una respuesta más formada. Y es que, hasta hoy, la realidad es que la cosmética no es un asunto genderless, o no la ha sido hasta hace poco. Toda marca que se precie tiene o ha tenido una gama específica para hombre, con mayor o menor éxito en su comercialización. También es cierto que, hasta hace pocos años, la cosmética masculina seguía pendiente de ese tabú en el entorno masculino y su uso una cuestión peyorativa, asociada a la falta de masculinidad creada en la sociedad.

Este tipo de cuestiones, como es lógico, no responden más que una construcción cultural que, en las últimas dos décadas, sobre todo, está siendo desmontada. Cada vez más hombres, y con mayor libertad y apertura, consumen cosméticos, no importa cuál sea su orientación sexual, y sin que esto afecté a su masculinidad en absoluto. Es más, existe un nuevo concepto de masculinidad ampliamente aceptado, en la que el hombre puede cuidarse tanto o más que la mujer, sin que por ello vaya a ser considerado menos hombre.

Cosmética - selfcare by Hisu Lee

Es cierto que, con los números en la mano, en el ambiente de hombres homosexuales el consumo cosmético ha sido generalmente mayor, pero esto puede ser muy bien explicado por la falta de complejos en torno a esas cuestiones peyorativas que mencionábamos en el párrafo anterior dentro de la comunidad gay, más que por la manida afirmación de que el hombre homosexual cuida más su aspecto que el heterosexual. Esto podía ser así hace una década, pero la realidad hoy en día es bien distinta.

Como veremos, el cambio que ya se está operando en la sociedad, y por tanto en el mercado, y debería operarse también en nosotros, es en pensar más en personas, individuos con gustos y preferencias diferentes, más que en el género o la orientación sexual de cada uno.

La verdad sobre los mitos del género en la cosmética

Cuántas veces hemos oído aquello de que el hombre tiene la piel más grasa por naturaleza o que el cabello de la mujer necesita más cuidados que el del hombre. ¿Cómo es esa verdad popular que afirma que los hombres envejecen mejor que las mujeres y que por eso estas deben cuidarse más que el hombre? ¿Cuánto hay de verdad en todo esto? Vamos a aclararlo.

¿Es la piel del hombre distinta a la de la mujer?

Sí, es cierto que la piel del hombre es más gruesa, también presenta un aspecto más firme y tiene más glándulas sebáceas que la de la mujer. Es una cuestión científica respondida y confirmada sin problemas ni dudas.

Sin embargo, esto no significa que necesariamente tenga que existir una marca específica para hombres. Un producto hidratante, será hidratante para una mujer y para un hombre, y la mayoría de ellos cumplen con las necesidades básicas de hidratación de toda piel; en muchas ocasiones, hasta se pasan. Otra cosa es que nuestra piel sea más o menos grasa, y tengamos que elegir aquel producto que nos engrase más o menos la piel, pero eso es igual para hombres y para mujeres. Depende más de nuestro tipo de piel, que de nuestro género, en resumen.

cosmética genderless by Safia Shakil

No hay una justificación realmente seria para creara fórmulas específicas para hombres, salvo que se atienda, quizá, al perfume de las mismas. Pero, de nuevo, la cuestión de los aromas es también una construcción cultural, no científica, y más personal, que una cuestión de géneros. Un hombre quizá no necesite una crema tan hidratante como una mujer, pero hay mujeres que tampoco necesitan una hidratante potente, porque tienen la piel grasa. Es decir, que los productos se deben desarrollar para cubrir una necesidad de un tipo de piel específica, no para un género u otro.

¿Es el cabello de la mujer distinto del cabello del hombre?

Sí, pero no. El cabello de la mujer no es distinto del cabello del hombre, pero el cuero cabelludo sí que puede serlo, y por una razón parecida a la mencionada en el caso de la piel (el cuero cabelludo es parte de la piel), porque puede producir más grasa y ser algo más grueso. El razonamiento es parecido al hecho en el bloque anterior, aunque el hombre tenga ciertas particularidades, sus necesidades responden igual que las de las mujer a ciertos productos, solo tendremos que dar con el producto que mejor vaya a nuestro cabello, o cuero cabelludo, en este caso.

Otra cosa es que nuestra cultura haga que el cabello de la mujer sea diferente. Primero, porque la mujer suele llevar el pelo más largo que el hombre, y un pelo largo requiere generalmente más cuidados, eso es un hecho. Pero además, la mujer, por una cuestión meramente cultural, tiende a cambiar más su estilo de cabello, sometiéndolo en el proceso a tintes y productos transformadores, como el alisado o las permanentes, que pueden dañarlo y que hacen que este requiera muchos más cuidados que un cabello no tratado con estos productos.

De nuevo, aunque existan ciertas diferencias físicas, el hecho de crear gamas específicas para hombre responde únicamente a una cuestión cultural, donde asuntos que no afectan a la eficacia del producto cosmético, como el perfume o el packaging, definen la estrategias de venta de las marcas.

¿Envejece antes/peor la mujer que el hombre?

De nuevo, la respuesta es ambigua. La piel de la mujer y del hombre envejecen de la misma forma (aunque el cerebro de la mujer envejece más lentamente) y al mismo ritmo hasta que llega la menopausia. Eso es lo que nos dice la ciencia. Esa falsa verdad de que los hombres envejecen mejor puede ser debida a la vieja distribución de la sociedad, en la que la mujer se encargaba en exclusiva del cuidado de los hijos, de la casa y todo el enorme volumen de tareas que a esto se asocian, en jornadas interminables y por una cantidad de años equivalente casi a su propia vida, con poco o ningún descanso, además de someter a su cuerpo a procesos tan transformadores como los embarazos y partos, haciendo que su físico se resintiera de todo este esfuerzo extra en mayor medida que el del hombre.

La realidad de la mujer hasta hace muy poco era la de actuar como madre, cocinera, limpiadora, planificadora, cuidadora, siendo la persona sobre la que recaía todo el peso del mantenimiento de una casa y una familia, salvo en el aspecto económico. El deterioro físico que esta situación podía y puede acarrear, así como la falta de tiempo y sueño que conlleva, justifica aquella mención falaz de que el hombre envejece mejor que la mujer. Algunas de las fuentes más grandes de envejecimiento celular tiene que ver con la fatiga constante, la falta de sueño y el estrés, algo que no ha sido nunca exclusivo de la mujer, pero que sí que ha tenido que sufrir muchas veces en mayor medida, debido a la distribución social que ha imperado en nuestra sociedades hasta hace muy poco tiempo. Sin que por ello queramos decir que haya dejado existir. Hemos progresado, pero hay mucho camino por recorrer.

La cuestión cambia, sin embargo, cuando llega la menopausia. La pérdida de los estrógenos impacta en la producción de colágeno, haciendo que la piel pierda elasticidad, alrededor de un 30% del colágeno de la piel se pierde durante los cinco primeros años de menopausia. Esto provoca que la piel empiece a perder tono y ciertas áreas del cuerpo, especialmente del rostro, puedan reflejar esta pérdida de elasticidad. Asimismo, los huesos pierden también consistencia y eso puede redundar en que zonas como pómulos pierdan definición, acentuando aún más esa pérdida de firmeza general en el rostro. Es decir, algo no demasiado agradable.

¿Se justifica que se creen gamas diferenciadas? En este caso, depende, en ciertos casos específicos, sí que tienen sentido fórmulas específicas que ayuden a potenciar la generación de colágeno, por ejemplo, pero mirándolo bien, esas cremas tampoco le vendrían mal a hombres entre esos 50 y 60 años. Lo que no tiene sentido, si hablamos de la eficacia del producto en sí, es crear una gama específica para hombres, los mismos productos que hoy se comercializan para mujer, funcionan igual de bien en el hombre, siempre que se elijan aquellos que mejor vayan con nuestro tipo de piel. Si los hombres no los compran es por una cuestión de gusto, estigma social o un packaging que no les permite asociarse con el producto en cuestión.

Esto último, cuestión fundamental hoy en día, se desprende del enfoque exclusivamente femenino que tienen muchas marcas, sobre todo las más grandes y antiguas, limitando de forma orgánica su espectro de consumidores. Por eso cada vez son más las marcas que juegan con ese concepto genderless, tanto en su formulación como en lo que gama y packaging se refiere.

Una mención aparte merecen los productos de afeitado o para cuidar la barba, cuestión que, de momento, solo puede asociarse al hombre.

Conclusión: más cosmética genderless es lo que hace falta

Salvo en casos muy concretos, la cosmética no justifica una diferenciación por géneros, si nos atenemos a objetivo y eficacia de sus fórmulas. La única justificación para crear gamas divididas por géneros es el negocio, por cuestiones vinculadas al packaging o a ciertos aromas o imagen de producto específica.

En cualquier caso, en Uncanny nos encantan esas marcas que ya han abrazado esta tendencia, lógica y factual, de ser genderless, e intentamos apostar por ellas. Porque congeniamos con su visión del mundo, pero también porque creemos que son marcas que van con la verdad científica por delante.

Sabemos que es un tema controvertido y jugoso, y esta no es más que una opinión que hemos intentado basar en hechos, en la medida de lo posible, pero nos encantará escuchar vuestros comentarios, sugerencias y posibles correcciones a este artículo. ¡No dudéis en comentar lo que queráis!

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